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jueves, 28 de abril de 2011

UD 45. Las transformaciones del Extremo Oriente desde 1868 a 1949.

UD 45. LAS TRANSFORMACIONES DEL EXTREMO ORIENTE DESDE 1868 A 1949.
INTRODUCCIÓN.

JAPÓN
1. LA ERA MEIJI (1869-1912).
1.1. LOS ANTECEDENTES.           
La estructura política, social y económica tradicional.
La intervención norteamericana (1853).
La crisis del régimen Tokugawa.
Los grupos reformistas.
1.2. LA REVOLUCIÓN MEIJI.
La era Meiji (1869-1912).
Las tres etapas.
Características de la Revolución Meiji.
Una interpreta­ción de la Revolución Meiji (Takahashi).
1.3. LA POLÍTICA INTERIOR.
La Carta del Juramento (1868).
Las reformas (1869-1890).
La rebelión de 1877.
Los partidos.
La Constitución (1889)
Los gobiernos conservadores y nacionalistas.
1.4. LA POLÍTICA INTERNACIO­NAL.
EL EXPANSIONISMO EN ASIA ORIENTAL
La primera guerra contra China (1895).
La intervención en la guerra contra los boxers (1900).
La guerra con Rusia (1904-1905).
La anexión de Corea (1905-1910).
Las relaciones con las potencias occidentales.
1.5. LAS TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS Y SOCIALES.
ECONOMÍA.
SOCIEDAD.
2. LA ERA TAISHO (1912-1926)
LA INTERVENCIÓN EN LA PRIMERA GUE­RRA MUNDIAL.
LA POSGUERRA.
Los gobiernos de partido (1918-1932).
La conferencia de Washington (1921-1922).
El auge nacionalis­ta.
3. LA ERA SHOWA (1926...).
LA CRISIS DE 1929 Y EL PROGRAMA IMPERIALISTA.
La guerra con China de 1931.
La victoria del militarismo sobre la democracia.
LA GUERRA CON CHINA (1937-1945).
EL IMPERIALISMO JAPONÉS EN EL PACÍFICO: LA SEGUNDA GUERRA MUN­DIAL (1941-1945).
LA OCUPACIÓN AMERICANA EN 1945-1949.

CHINA
1. DE LA MONARQUÍA A LA REPÚBLICA (1868-1911).
LOS PROBLEMAS DE CHINA EN EL SIGLO XIX.
LA CRISIS DE LA MONARQUÍA TRADICIONAL (1895-1911).
2. LA REPÚBLICA (1911-1949).
2.1. LA REVOLUCIÓN (1911).
2.2. LA DICTADURA DE YUAN CHEKAI (1912-1916).
Las reformas y el resur­gimiento inte­lectual.
2.3. LA FRAGMENTACIÓN POLÍTICA (1916-1926).
2.4. EL KUOMINTANG.
Sunyatsen y el Kuomintang (1912-1925).
Chiang Kaishek: la lucha del Kuomintang contra los “seño­res de la guerra” y los comunis­tas (1926-1928).
La presión japonesa: Man­churia (1931).
La peripecia comunista.
2.5. LA GUERRA CHINO-JAPONESA (1937-1945).
2.6. LA GUERRA CIVIL (1946-1949).
3. LA REPÚBLICA POPULAR (1949).
La proclamación de la República Popular.
Las reformas.
Los problemas internos e internacionales.

COREA
1. COREA A FINALES DEL SIGLO XIX.
EL ENFRENTAMIENTO ENTRE RUSIA, CHINA Y JAPÓN.
2. EL DOMINIO JAPONÉS (1905-1945).
LA OCUPACIÓN JAPONESA.
El movimiento de resistencia.
Una política japonesa de moderación.
El esfuerzo bélico en la II Guerra Mundial.
3. LA INDEPENDENCIA Y LA DIVISIÓN NORTE-SUR.
La independencia.
La división norte-sur.
La guerra de Corea (1950-1953).

INTRODUCCIÓN.
El término ‘Lejano Oriente’ es un concepto abstruso: en un sentido amplio podría compren­der a todos los países asiáticos del Pací­fico, desde Indonesia a Japón, pasando por Malasia, Tailandia, Indo­china, China y Corea. Pero en nuestra interpretación, más estricta, se refiere específicamen­te a tres países, China, Ja­pón y Corea, cuyos destinos se cruzaron y diferenciaron espe­cialmente en el periodo 1868-1949. Por otra parte, aunque el enunciado prescribe la fecha de 1886 como inicio del periodo, creemos que se trata de un error. La fecha más importante del periodo es 1868, cuando comenzó la Revolución Meiji que tras­tornó completamente el Antiguo Régimen en Japón y le situó en la senda de la modernización, siendo un ejemplo para China y Corea, que estos países, más atrasados, no pudieron seguir.
Estudiaremos de modo diferenciado a cada uno de estos paí­ses, pues su posición de partida y su evolución fueron muy dis­tin­tas, pese a que haya algunos rasgos comunes: su retraso a mediados del s. XIX, la presión política, comercial y militar de las po­tencias occidentales, la voluntad de modernización de parte de los grupos dirigen­tes, las revoluciones políticas que acabaron con los regímenes tradicionales (Japón en 1868, China en 1911 y 1946-1949), la modernización (ca­pi­ta­lista en Ja­pón, comu­nista en China, ambas en la re­parti­da Co­rea, con resultados muy distintos), etc.
Resumen.
Japón, China y Corea vivieron en este periodo una difícil y distinta adaptación al mundo contemporáneo. Mientras el pri­mero se modernizó, industrializó y expandió, hasta convertir­se en una gran poten­cia mundial, los otros dos, dominados por fuerzas conservadoras, sufrieron una deba­cle. China fue desga­rrada por las guerras civi­les y las inva­siones japonesas, mien­tras que Corea fue ocupada por los japo­neses.
Japón.
La periodización japonesa diferen­cia en el Japón contem­poráneo tres eras, Meiji, Taisho y Showa que corres­ponden a tres empe­rado­res: Mut­su-Hito, Yoshi-Hi­to e Hiro-Hito. Es es­pe­cial impor­tante la prime­ra, la era Meiji (1869-1912), por su dura­ción y la mag­nitud de los cambios. La segunda (1912-1926) y la tercera (des­de 1926) tie­nen una gran continuidad, pero tam­bién tienen ca­racterísticas propias.
La Revolución Meiji, impulsada por las fuerzas refor­mistas y por la presión extran­jera (apertura comercial desde 1854), fue dirigida por el emperador Mutsu-Hito (1867-1912) y cam­bió radi­cal­mente el desti­no del Japón.
Se pueden definir tres gran­des etapas en las que se senta­ron los cimien­tos para la moder­ni­zación del Japón y la forma­ción del imperio ja­ponés.
1) 1869-1877. Se abolió el régimen feudal, se vencieron a las fuerzas reaccionarias y se empezaron las grandes reformas.
2) 1877-1895. Se prosiguieron las grandes reformas, se crearon los partidos y se acordó una constitución (1889). Co­menzó el expansionismo.
3) 1895-1912. Se consolidaron las reformas y el Japón se lanzó a una gran expansión imperialista.
El cambio tuvo estos rasgos principales:
- La restauración del poder del emperador a costa de la caí­da de la familia Tokugawa (se abolió el bakufu o shogunado).
- La reforma política, con una Constitución (1889) y un parlamen­to, se­gún el modelo conservador ale­mán.
- La abo­li­ción del feuda­lismo de los príncipes y señores terri­to­ria­les, lo que permitió la movilidad social.
- La occidentaliza­ción en leyes, costumbres, institucio­nes, ejército y armada, educación, sanidad, etc.
- La in­dus­tria­lización acelerada, a fin de asegurar la prosperidad del país y su independencia.
- La apertura comercial al exterior (ya comenzada con la apertura de los puertos a los buques extranjeros).
- El crecimiento de la población, de 26 millones en 1867 a 52 millones en 1913.
La era Taisho del emperador Yoshi-Hito (1912-1926) vivió cambios tras­cen­dentales: la intervención en la Gran Guerra (1914-1918) con el ascenso a gran potencia mundial, el auge económico pero se­guido de una crisis (1920-1922), los primeros gobiernos au­tén­ticamente liberales (1918) pero seguidos de una reacción con­servadora y militarista (1922).
Hiro-Hito abrió la era Sho­wa (1926-1989), cuya larga du­ración lle­na la mayor parte del s. XX, con dos pe­riodos comple­tamente diferentes. En el pri­mero (1926-1945), el país se des­lizó por la senda del mili­ta­rismo y el expansio­nismo hasta de­sembocar en las guerras con­tra China (1931 y 1937-1945) y en la Segunda Guerra Mundial (1941-1945). La de­rrota liquidó su impe­rio y el país fue ocupa­do. En el se­gundo (1945-1989), el Japón se liberalizó de un modo pro­fundo (el emperador, perdida su divinidad, se convirtió en una figura representativa), y vivió el llamado “mi­lagro ja­po­nés”, un cre­cimiento eco­nómico sin igual en la Histo­ria por su intensi­dad y rapidez, pero no a través de la guerra, sino de la paz: el comercio, la tecnolo­gía, el tra­bajo...
China.
Mapa de China en los siglos XIII a XVII.

China sufrió una grave crisis en todos los órdenes desde prin­cipios del s. XIX debido al incom­petente absolutismo del régi­men burocrático, el exceso de población, el déficit comer­cial exterior, el inter­vencionismo de las potencias extranje­ras, las rebelio­nes de las masas campesinas, etc.
Desde las guerras del Opio, que pusieron al país a merced de los extranjeros, la dinastía manchú quedó desprestigiada y todos los problemas afloraron en el periodo de gran crisis de 1850-1875 (rebeliones de los Taiping, Nian y musulmanes). La victoria manchú fue de un costo terrible en vidas humanas y miseria. Las pocas reformas emprendidas en el periodo 1875-1895 fue­ron insuficientes y la decadencia china se mostró de nuevo en las derrotas en las guerras chino-japonesa (1894-1895), en la que se perdieron Formosa y Corea, y de los boxers (1900). El desastre fue muy costoso y anuló las posibilidades de China de seguir el modelo japonés de desarrollo. Además, los refor­mistas del régimen había sido exterminados en 1898 por la emperatriz Tsu Shi.
La revolución de 1911 puso punto final a la dinastía man­chú, abolida en 1912 con el cese del emperador Pu Yi. Dos fuer­zas se elevaron entonces: la re­formista del par­tido Kuo­mintang de Sun Yatsen y la conservadora del poder buro­crático-militar de Yuan Chekai, general y primer ministro del régimen manchú.
El pacto entre ambos permitió que Chekai fuera presi­dente de China (1912-1916), con una política autoritaria, no bastante reformista, que no logró parar la presión japonesa (1915) y desprestigió a Chekai. A su muerte siguió un largo periodo de caos (1916-1928), en el que el país se dividió en múltiples zonas en manos de los “señores de la gue­rra”. El partido nacio­nalista Kuo­mintang sólo dominó desde 1923 una pequeña zona del sur (Cantón) y consiguió integrar al partido comu­nis­ta. La muerte en 1925 de Sun Yatsen y el nue­vo lide­razgo de Chiang Kaishek en el Kuomin­tang dieron paso en el pe­riodo 1926-1928 a dos cambios: la lucha contra el partido comunista (que fue per­se­guido desde entonces por los nacionalistas) y la guerra de reunificación. En 1928 China volvía a estar unida, pero prosi­guió el conflicto con los comunistas y el régimen estaba pro­fundamente dividido y era in­capaz de desarrollar las necesarias re­for­mas (sobre todo fal­ta­ba la refor­ma agra­ria).
La presión extranjera volvió a actuar: en 1931 Ja­pón ocu­pó Man­chu­ria e instaló un protecto­ra­do, y en 1937 lanzó el ataque final, ocupando pronto el norte y gran parte de la costa. La gue­rra se prolongó (al unirse a la II Guerra Mundial) hasta 1945, provocando terribles bajas y la ruina de todo el país. Mientras, el Kuomintang y el partido comunista (dirigido por Mao Tsetung) pactaban una tregua para lu­char contra el invasor.
Cuando terminó la guerra en 1945 el país estaba dividido: en el norte dominaba el partido comunista (apoyado por la URSS), en el centro y el sur el Kuo­min­tang (apoyado por EE UU). Al principio pare­ció que se im­pon­dría el segundo, pero la fal­ta de un pro­grama agrario puso a las masas campesinas en su con­tra. Los comunis­tas vencieron en la guerra civil (1946-1949), expulsaron a los nacionalistas (refugiados en Formosa) y pro­clamaron la República Popular (1949).
           Corea.
La historia de Corea en el s. XIX se caracteriza por el gobierno autocrático de la dinastía Koryo (que gobernaba desde el s. XI bajo el vasallaje a China), el aumento y empobreci­mien­to de la población (casi toda rural, como la economía), el aislamiento ex­te­rior hasta los años 1880 y los intentos de las potencias occidentales y del Japón de intervenir y explotar el país. El imposible pacto entre las tendencias conservadoras (generalmente las dominantes) y reformis­tas impidieron que el país siguiera a tiempo el modelo japonés de reformas. Pese a ello, fueron fir­mados tratados de comercio y amistad con Japón (1876), y entre 1882 y 1886 con las otras potencias. En 1894-1895 la guerra chino-japonesa por la hegemonía en Corea acabó con la victoria de Japón, que debió retirarse por imposición rusa, pero la influencia japonesa aumentó tras su victoria en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, ocupando Corea (1905) y, finalmente, anexionándosela (1910-1945).
El periodo de la ocupación japonesa se caracterizó por la dictadura política y la ex­plotación económica: el 40% de las tierras pasaron a propie­dad japonesa; el crecimiento agrario (sobre todo del arroz) e in­dustrial (en 1939 el 39% del PIB era del sector secundario) favorecía sólo al ocupante, mientras la población coreana se empobrecía.
La oposición nacional anti-japonesa fue muy fuerte: en 1919 se declaró la independencia y se formó un gobierno provi­sional en el exilio, en 1925 se fundó el partido comunista, fueron frecuentes las manifestaciones y las huel­gas.
Durante la II Guerra Mundial los comunistas promovieron un fuerte movimiento guerrillero en el norte y se formó un ejérci­to coreano, que luchó al lado de los chinos. Las conferencias de El Cairo y Potsdam establecieron la futura indepen­dencia unitaria de Corea, pero cuando en 1945 EE UU y la URSS ocuparon respectivamente el sur y el norte de la península, con el para­lelo 38 como línea divisoria, e impusieron regímenes políticos y económicos contrarios, esto dio origen a dos Es­ta­dos: la Re­pública de Corea (sur) y la República Democrática Popular de Corea (norte), que se enfrentaron en 1950-1953 en la Guerra de Corea, con el apoyo de los dos grandes Bloques.

JAPÓN
La periodización japonesa diferen­cia en el Japón contem­poráneo tres eras, Meiji, Taisho y Showa que corres­ponden a tres empe­rado­res: Mut­su-Hito, Yoshi-Hi­to e Hiro-Hito. Es es­pe­cial impor­tante la prime­ra, la era Meiji (1869-1912), por su dura­ción y la mag­nitud de los cambios. La segunda (1912-1926) y la tercera (des­de 1926) tie­nen una gran continuidad, pero tam­bién tienen ca­racterísticas propias.
1. LA ERA MEIJI (1869-1912).
1.1. LOS ANTECEDENTES.           
La estructura política, social y económica tradicio­nal.
A mediados del s. XIX Japón era todavía un país de régi­men feu­dal en el que los bushi (las cla­ses guerre­ras) controla­ban a las demás cla­ses sociales. La sociedad estaba for­mada por cua­tro clases sociales: daimios, samuráis, comerciantes y campesi­nos.
La pirámide del poder social la formaban:
- El empera­dor (el mikado o tenno), con un po­der re­li­gio­so más que po­líti­co, con capital en Kioto.
- El sho­gun (el gene­ra­lí­simo de los mili­tares), que con­tro­laba la bu­ro­cra­cia y la aris­to­cra­cia, en un sistema lla­mado bakufu o sho­gu­na­do, con capital en Edo. Pertenecía a la di­nas­tía Tokugawa (un clan aris­to­crá­tico de una región cos­tera que había logrado la hege­monía en el s. XVII).
- La no­ble­za cor­tesana (ku­ge).
- Los grandes se­ño­res pro­vin­ciales dueños de las tie­rras y el poder (daimios).
- Los gue­rre­ros (sa­mu­ráis).
- En la base de la estructu­ra social esta­ba el pueblo (heimin) divi­dido en los bur­gueses, la inmensa mayoría campesi­na y los parias (eta, hi­nin).
Era un país superpo­bla­do, que había padecido hambres te­rribles desde el s. XVIII. La economía agraria, dedi­cada funda­mentalmente a la pro­ducción de arroz, estaba en manos de una clase terrateniente de origen militar. La burguesía comer­cial dominaba las ciu­da­des. El país, por imposición política del shogun, estaba ce­rrado al co­mercio exte­rior, las ideas y la cul­tura de Occiden­te, salvo a través de la factoría holandesa de Nagasaki (desde 1640).
La ideo­logía era una mezcla de budismo, confucianismo y sintoís­mo (cul­to a los antepa­sados), que favorecían el gran res­peto al emperador de todos los japoneses.
Los co­mienzos del Japón moderno están marcados por dos aconte­cimientos revolucio­narios, que transformaron el Japón en una nación moderna. El primero fue la intervención norteameri­cana en 1853, que abrió los puertos al comercio internacional. El segundo, y definitivo, fue la Revolución Meiji (1868).
La intervención norteamericana (1853).
Las potencias occidentales (sobre todo Rusia y EE UU) pre­tendían desde principios de siglo (Rusia desde 1792) la apertu­ra de Japón al co­mercio exterior. La iniciativa la toma­ron los nor­teameri­canos: en 1853 llegó a la bahía de Edo una expe­di­ción naval bajo el mando del como­doro Perry, que ame­nazó con bombar­dear la capi­tal, Edo. La in­terven­ción de la ar­ma­da estadou­ni­dense obli­gó al sho­gun Toku­gawa en el Tratado de Kana­ga­wa (31-III-1854) a abrir dos puer­tos al comer­cio, estableciendo adua­nas, ju­risdic­ción propia y funcionarios. Si­guieron acuerdos con Gran Breta­ña, Francia y Rusia. Los privilegios a los comercian­tes extranjeros hicieron que el comercio del arroz fuera libe­rado y la exportación hizo que el precio se multiplicara por seis entre 1859 y 1865, con grandes beneficios para los co­mer­cian­tes pero hambre para la población. ­Las reac­cio­nes xenó­fobas provo­caron repre­salias humillan­tes (bombardeos de los puertos), que despresti­gia­ron al shogun.
La crisis del régimen Tokugawa.
La inter­vención extranjera fue sólo una chispa que prendió en un pro­ceso muy ante­rior de descompo­sición del régi­men. Había un gran descon­tento social con­tra el régimen Toku­gawa, desde los seño­res feu­dales a los comer­cian­tes y cam­pesi­nos. Fracasa­ron los in­tentos del shogunado de pactar una tran­sacción que le mantu­viese en el poder y la situación se complicó al morir en 1958 el shogun Iesada sin herederos y disputarse el poder va­rios grupos del clan Togukawa, hasta que se impuso Yoshinobu (Kei­ki), último shogun, con el apoyo francés, mientras que los bri­tánicos apoyaban la alianza del emperador y los reformistas (dai­mios y samuráis del sur, organiza­dos por los clanes mili­ta­res de Chosu y Satsu­ma, y apoya­dos por los clanes Tosa, Hizen y otros). En este con­texto de cri­sis, y creciente­mente aislado y tras sufrir derrotas en las provincias (1866), el sho­gun en­tre­gó en noviembre de 1867 el po­der al empera­dor Mut­su-Hito, con la es­peranza de permane­cer como pri­mer minis­tro.
Pero los re­for­mis­tas no acep­ta­ron el plan, ocupa­ron el pala­cio im­pe­rial y pro­clamaron la res­tauración del pleno poder del em­pe­ra­dor (3-I-1868), que se instaló en Edo (cambió su nom­bre por To­kio).
A con­tinuación aplas­taron la opo­si­ción de las fuer­zas con­serva­doras del shogu­nato, mayo­rita­rias en el norte, en la ba­talla de Toba-Fushi­mi (27-I-1868) y, por fin, los últimos Togu­kawa se rindie­ron en el norte (XI-1868) y su flota en el puerto de Ha­ko­date (V-1869). La repre­sión fue muy suave (inclu­so el ex-sho­gun re­cibió una pensión y en 1903 fue nombrado príncipe), lo que fa­vo­reció la pacifica­ción.
Los grupos reformistas.
Había un complejo marco de grupos reformistas. Sólo una élite dirigió y empujó el movimiento, pero contó con el respal­do o la aceptación de una amplia mayoría social.
- Parte de los poderosos señores de la perife­ria (tozama daimio), dirigidos por la importante fami­lia Mito, de­safia­ron al bakufu y, aliados con otras fuer­zas, fueron el po­der diri­gente del cambio. En general, la nobleza del sur era reformis­ta mientras que la del norte era conservadora. Los reformistas pretendían no sólo compartir el poder políti­co, sino acceder a las fuentes de ri­queza de la industria y el comercio que po­drían desarrollarse con la revo­lución, como com­probaron desde 1853. Pero no esta­ban interesa­dos en per­der sus tierras, lo que redujo el alcance de la re­forma agra­ria.
- La nueva y pode­rosa clase de comerciantes que vivían del comercio interno del arroz dominaba las finanzas del Ja­pón y deseaba el cambio. Tenía por deu­do­res a la mayoría de los seño­res provincia­les y también a la familia feu­dal Toku­gawa, pero no poseía po­der so­cial ni político y comprendía que sus posibi­lidades de creci­miento económico eran mínimas, por lo que favo­recía la apertura del Japón, el cambio de gobierno y el desa­rrollo del comercio exte­rior. La apertura comercial desde 1854 aumentó extraordina­riamente su riqueza y les impulsó a pedir más.
- También existía un creciente des­contento entre el campe­sinado, cuyo nivel de vida había ba­jado notablemente debi­do al aumento de población durante dos siglos y medio de paz y a la pesada carga parásita de los gue­rreros, los samuráis. La aboli­ción del feudalismo supo­nía una gran mejora social para los campesinos, aunque no consiguieran la propiedad de las tierras.
- Los nacionalistas que querían mantener la independencia del país. En el contexto de la crisis de 1854, el temor de que el Japón fuese pron­to conver­tido en una colonia de al­gún país oc­ciden­tal, como ha­bía ocurri­do con la mayor parte del res­to de Asia, pro­vocó un cambio ideológico incluso en muchos de los benefi­cia­rios del sistema tradicional, muchos de los cuales deci­dieron transigir con las re­formas, pues tanto los tradicio­na­listas como los pro-occiden­tales sa­bían que, para ser inde­pen­dientes, debían adoptar los medios militares occidenta­les.
1.2. LA REVOLUCIÓN MEIJI.
La era Meiji (1869-1912).
La Revolución Meiji, impulsada por estas fuerzas políticas y sociales y dirigida por el emperador Mutsu-Hito (nacido en 1852, emperador desde II-1867, al morir el emperador Komei, has­ta 1912) desde su toma del poder, cam­bió radi­cal­mente el des­ti­no del Japón. Su reinado fue deno­minado Meiji Tenno (época de la luz del emperador), anunciando el “programa de la nue­va era” en 1869, por lo que fue llamado pe­riodo o era Meiji (1869-1912). El empe­rador se apoyó en una reducida oli­gar­quía, en su mayor parte samuráis jó­venes del Oeste, así como varios no­bles de Kioto. Su poder se basó en dos elementos: el Genro (Consejo de ancianos, “poder invisible de­trás del trono”) y la divinidad del Tenno.
Las tres etapas.
Se pueden definir tres grandes etapas en las que se senta­ron los cimien­tos para la moderni­zación del Japón y la forma­ción del imperio ja­ponés.
1) 1869-1877. Se abolió el régimen feudal, se vencieron a las fuerzas reaccionarias y se empezaron las grandes reformas.
2) 1877-1895. Se prosiguieron las grandes reformas, se crearon los partidos y se acordó una constitución (1889). Co­menzó el expansionismo.
3) 1895-1912. Se consolidaron las reformas y el Japón se lanzó a una gran expansión imperialista.
Características de la Revolución Meiji.
El cambio tuvo estos rasgos principales:
- La restauración del poder del emperador a costa de la caí­da de la familia Tokugawa (se abolió el bakufu).
- La reforma política, con una Constitución (1889) y un parlamen­to, se­gún el modelo conservador ale­mán.
- La abo­li­ción del feuda­lismo de los príncipes y señores terri­to­ria­les, lo que permitió la movilidad social.
- La occidentaliza­ción en leyes, costumbres, institucio­nes, ejército y armada, educación, sanidad, etc.
- La in­dus­tria­lización acelerada, a fin de asegurar la prosperidad del país y su independencia.
- La apertura comercial al exterior (ya comenzada con la apertura de los puertos a los buques extranjeros).
Una interpretación de la Revolución Meiji (Takahashi).
El extraordinario desarrollo del Japón, según el histo­ria­dor marxista Ta­kahashi, fue posible por el paso del feuda­lismo al capitalismo. La Revolución o Restaura­ción Meiji fue un equi­valente parcial a la Re­volución fran­cesa: se di­solvió el anti­guo régi­men feudal y se­ñorial, y se modernizó el Estado, pero fue una revolución dirigida desde arriba, que no suprimió la pro­piedad feudal, sino que la reformó. Los campesinos, ahora arrendadores, continua­ron dominados por los antiguos señores, que ahora tenían una propiedad privada absoluta. El Estado, con estas raíces sociales, lejos de ser liberal, siguió siendo ab­solutista y oligárquico pese a sus for­mas aparentes, lo que explica gran parte del na­cionalismo conservador y agresivo que marcará la posterior historia japonesa. Precisamente, la refor­ma agraria de 1945 impuesta por EE UU tuvo como objetivo quebrar las relaciones económicas y sociales feudales que pervivían y posibilitar así un futuro democrático al Japón.
Hubo dos fuerzas actuan­tes: la interior (un desarrollo previo de las fuerzas de pro­ducción, en contradicción con el antiguo sistema político y social) y la exterior. La conjunción de am­bas en un periodo concreto explica la rapidez e intensidad del proceso y que fuera entonces y no antes ni después cuando ocu­rrió. Si Japón hubiera esperado unos decenios más hubiera que­dado demasiado en desventaja ante el imperialismo occidental y el pro­ceso tal vez hubiera abortado.
            1.3. LA POLÍTICA INTERIOR.
La Carta del Juramento (1868).
Se empezó con la “Carta del Juramento” (IV-1868), una de­claración de principios del em­pera­dor. Eran cinco artícu­los en los que se con­sa­graba el liberalismo social y eco­nómico.
Las reformas (1870-1890).
Las reformas fueron rápidas (se concentraron en dos dece­nios) y muy eficaces:
- La abolición del feudalismo y de la servidumbre (1871) y), con la igualdad jurídica de todos los japoneses. Se com­pen­só a la nobleza (daimios, samuráis) con pensiones estata­les. Se profundizó con la reforma agraria (1873), que repartió gran parte de la tierra entre pequeños y medianos propietarios, y el resto en arrendatarios.             
- Reforma administrativa (1871). Los feudos de los daimios fue­ron sustituidos por distri­tos ad­ministrativos (kens o pro­vin­cias, de número variable).
- La creación de un ejército moderno (1872-1873), se­gún los mo­delos ale­mán y francés (servicio militar obligatorio, estado mayor, arma­mento moderno, disciplina prusiana, supresión del privilegio samurái). Fue di­rigi­do por Yama­gata Arito­mo, un gran organi­za­dor. También se creó una poderosa armada con bar­cos de acero, según el modelo bri­tánico.
- La reforma (1872, 1873) de la Hacienda (impuestos sobre la riqueza rústica y urbana) y la moneda (yen) según el modelo norteame­rica­no, y creación del Banco del Japón. Gracias a la ­re­for­ma, el país nunca tuvo problemas de deuda, aunque suscri­bió empréstitos extran­je­ros. Pero en los años 1870 debió impri­mir mucho papel moneda y redujo las pen­siones estatales, lo que provocó una reacción de los descontentos.
- Reforma legal e institucional (1872). Con modelos occi­dentales se crearon con urgencia los có­digos legislativos (ci­vil, penal, mercantil), el sistema judicial, la policía, el servicio postal, los primeros ferrocarriles, la pren­sa, la sa­nidad.
- La refor­ma de la educa­ción (1872) según el modelo nor­teamerica­no fue especialmente importante. La educación obliga­toria y la creación de universi­dades y labora­torios aseguraron la prepara­ción profesional de los tra­baja­dores y empresarios. Se becaron estudiantes en el ex­tranje­ro y se atra­je­ron técnicos y profeso­res occidentales (unos 3.000 h. 1890). Pero la edu­ca­ción tenía unos fines muy concretos: la formación profesio­nal y el fomento del naciona­lismo y de la disciplina social.
La rebelión de 1877.
Las reformas fueron aplicadas con algunas resistencias. La reducción de las pensiones estatales y la abo­li­ción de los pri­vilegios feudales, más la carga de los impuestos de la tierra empujaron a mu­chos samuráis y campesinos pobres a rebeliones, so­bre todo la gran re­belión de 1877 (o de Satsuma, febrero-sep­tiembre 1877), diri­gida por el refor­mista Saigo Ta­ka­mori, del clan Satsuma, des­con­tento con el repar­to del poder y con el pacifis­mo, que pensaba que la solu­ción para los samuráis era la con­quista de Co­rea, pla­nificada en 1873 pero descartada des­pués por el gobier­no. La rebelión fue aplastada en Ka­goshi­ma por el nue­vo ejér­ci­to de re­clu­tas, tras lo que fue abolida la cas­ta de los samuráis.
Los partidos.
Dentro de los nuevos grupos dominantes, basados en las tradicionales familias, pronto se formaron clanes, que deriva­ron lentamente en partidos según el modelo occi­den­tal. Pese a sus nombres, todos eran conservadores (defendían los intereses de distintos clanes y zaibatsu, y se diferenciaban sólo en cuanto a sus intereses y al alcance de las refor­mas).
- El partido liberal radical (Jiyuto), de Itakaki, apo­yado en la cla­se pro­pietaria rural y que propugna un orden parlamen­tario que respete el poder imperial.
- El partido liberal progresista (Kaishinto), de Oku­ma, apoyado en las clases económicas superio­res y favorable a re­formas de tipo occidental.
- El partido conservador (Teiseito), de ideología milita­rista, nacio­nalista, xenófoba. Rechazaba la influencia occiden­tal y las reformas económicas y sociales, para defender una expansión militar en el continente.
 Estos par­tidos y otros se reorga­nizaron desde 1900 y cam­biaron de nom­bres (Jiyu­to, Kaishinto, Teiseito se reconvirtie­ron en Sei­yu­kai, Ken­seikai, Minseito...) debi­do a escisio­nes y fusio­nes, de acuerdo a los intereses de los grupos económicos.
La Constitución (1889)
Las fuerzas liberales presio­naron en busca de un go­bier­no parla­men­ta­rio. El proceso, iniciado en 1875 y acelerado en los años 1880, se fue configuran­do con me­didas como una Cámara Alta (1884), el nombramiento de un pri­mer mi­nistro por el emperador (1885), la creación de un Consejo Privado (1888), y al fin Ito Hiro­bumi (primer minis­tro varios ve­ces, del clan Chosu) hizo aprobar la Constitu­ción (1889), que es­tablecía una mo­narquía cons­ti­tu­cio­nal hereditaria, un parla­men­to dividido en una Cáma­ra Alta y una Die­ta Na­cio­nal, un voto censitario (apenas un 1% de la po­blación). Era el modelo del sis­tema parla­men­ta­rio ale­mán, de atribu­cio­nes muy am­plias para el poder eje­cu­ti­vo, lo que permi­tió a los clanes bu­ro­crá­ti­cos seguir domi­nan­do el po­der. Esto su­puso que el régimen constitucional fra­ca­sara a la lar­ga, por la falta de una ver­dadera parti­cipación popular y de una alter­nan­cia política por el vo­to. La burocra­cia y los gene­ra­les se­rían los factores de­cisivos del poder. Pero la Consti­tución consolidó a Japón entre las “naciones civilizadas”, lo que le situó de pronto en el concierto internacional.
Los gobiernos conservadores y nacionalistas.
Sólo gobernaba una pequeña élite de conservadores, fuesen burócratas o militares. La posibi­lidad de un go­bierno liberal fue obstruida por el auge del na­ciona­lismo. La política, desde los años 1890, será con­servadora: el periodo de las grandes refor­mas de los años 1870-80 se cerró, aunque no se revocaron las medidas anteriores. Por ejemplo, la libertad de prensa fue sólo for­mal: los medios de comu­nicación, con­tro­lados por los grupos fi­nan­cie­ros, in­cul­ca­ron en las masas el na­ciona­lismo y un com­pro­miso de sa­cri­fi­cio por la na­ción.
En 1900 fue pro­mul­gado un decreto im­perial que disponía que sólo los ofi­ciales de más alta gradua­ción eran aptos para ser ministros de Guerra y de Marina. Esto dio a los militares un poder de veto casi abso­luto sobre los funcionarios civiles en el Gobier­no.
El movimiento socialista creció en la margina­ción, desde la funda­ción del Partido Socialista (1882) y varias asociacio­nes obre­ras en los años 1890, pero las huelgas y la po­sición paci­fis­ta de los socialistas en la guerra ruso-japone­sa llevó al Go­bierno a reprimirlos y prohibirlos en 1910, con ocasión de un preten­dido complot del anarquista Denjiro para asesinar al em­perador. El temor al radicalismo continuó en Ja­pón y fue em­pleado por los conservadores para aplastar poste­riores movi­mientos demo­cráticos entre 1920 y 1940.
1.4. LA POLÍTICA INTERNACIONAL.
Japón salió pronto de su aislamiento diplomático, firmando en los decenios de 1870 y 1880 nuevos acuerdos con China, Ru­sia, EE UU, Gran Bretaña, Francia, pero hasta finales de siglo no se logró modificar las cláusulas de los “tratados injustos” de mediados de siglo (en especial la extraterritorialidad).
EL EX­PANSIONISMO EN ASIA ORIENTAL.
Los clanes militares de Chosu (ejército) y Satsuma (mari­na), aliados con los zaibatsu, promovieron muy pronto una polí­tica de expansión en Asia. Lo primero fue ocupar las islas Riu Kiu (1872) y Bonin (1873), un dominio reconocido después. ­Firmó un tratado con Rusia que reconocía la soberanía japonesa sobre las is­las Kuriles (1875) y de Rusia sobre la isla de Sajalin. En 1876 una expedición naval obligó a Corea a la apertura comer­cial (se copió el método que Occidente había usado con Japón).
La primera guerra contra China (1894-1895).
Siguieron las primeras vic­torias militares. La interven­ción de tropas chinas y japonesas en Corea para sofocar una revuelta fue aprovechada para atacar a China (1894-95) y vencer en el conflicto terrestre y naval en Co­rea. La paz de Shimono­seki reconocía a Japón la conquista de For­mo­sa, Port Arthur y las Islas Pes­cadores, más venta­jas comer­ciales en China y que Co­rea, ahora independiente, quedaba en su zona de influencia­. Esta vic­toria atrajo la atención inter­nacio­nal sobre Ja­pón, de modo que Ru­sia, Alemania y Francia presionaron (1895) para que devol­viera la península de LiaoTung (Port Arthur).
Poco después se lanzó un programa de construcción naval de una flota mucho más poderosa.
La intervención en la guerra contra los boxers (1900).
Japón envió tropas en apoyo de las po­ten­cias occiden­ta­les para re­primir la revuelta de los bóxers en China (1900). Así, consolidó su presencia en el concierto internacional con su alianza con Gran Bretaña (1902) en igualdad.
La guerra con Rusia (1904-1905).
Luego dis­putó a Rusia el dominio de Manchu­ria, alcan­zan­do una histó­rica victo­ria so­bre los rusos en la guerra de 1904-1905. Tras las bata­llas de Port Arthur, Mukden y la gran victo­ria naval de Tsushi­ma, la paz de Portsmouth le dio el sur de la isla de Sajalin y el con­trol de Co­rea y Man­churia. Estos acon­teci­mien­tos de­mos­traron que Ja­pón era una gran po­tencia eco­nó­mica y mi­li­tar en Asia y desa­taron la euforia na­cionalis­ta.
La anexión de Corea (1905-1910).
Corea fue conquis­tada y de hecho anexio­nada después de 1905 (completamente en 1910) y co­menzó una emi­gración colo­niza­dora a este nuevo territorio.
Las relaciones con las potencias occidentales.
En este periodo mejoraron las relaciones con Francia y Rusia (1907). Por contra, las relaciones de Japón y EE UU se complicaron con las vic­to­rias sobre China y Rusia y el aumento de la influencia japo­nesa en Asia, especialmente respecto a dos problemas: la riva­lidad co­mer­cial en China y la emigración ja­ponesa a EE UU (espe­cialmente a California, que la cadena perio­dística Hearst in­tentó que se prohi­biera), que se limitó por EE UU en 1907. Hubo una gran ten­sión, que se ali­vió con el acuer­do (1908) de reducir volunta­riamen­te la emi­gra­ción.
1.5. LAS TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS Y SOCIALES.
Las transformaciones económicas y sociales fueron especta­culares y los procesos comenzados durante la segunda mitad del s. XIX continuaron actuando a lo largo de los primeros decenios del s. XX.
ECONOMÍA.
El gobierno orientó la economía hacia la industrializa­ción, convirtiéndose en la primera nación industriali­zada de Asia, pero cuidando que también aumentase la productividad del cam­po. Aunque la mejora fue visible ya en los años 1870 el gran periodo de despegue fue 1886-1905.
- El crecimiento de la produc­ción agraria, gracia a que se aca­bó con el feuda­lismo en el campo con una moderada re­for­ma agraria, que mejoró la situación del campesi­nado, pero dejando la mayor parte de la pro­piedad en manos de los antiguos seño­res, que vivían de sus arrendatarios (en 1920 el 50% de las tierras eran arrendadas).
- La iniciativa de los empresarios, tanto de los pe­queños y medianos como de los grandes. Hubo una fiebre de creación de empresas.
- La enorme capacidad de ahorro del pueblo japonés. Su austeridad permitió depender muy poco de la deuda extranjera.
- El proteccionismo a las empresas, formadas inicialmente con capital público y que luego eran cedidas al privado (desde 1881).
- Se adaptó la tecnología más reciente de Oc­ci­dente.
- Se promovió la educación y adoctrinamiento de una exce­lente fuerza de trabajo, barata, disci­pli­nada e indus­triosa.
- La in­dustria para el consumo doméstico si­guió siendo bási­ca­men­te artesanal duran­te algún tiempo, pero se tecnificó la industria textil (seda, algodón), dedicada a la exportación. En los años 1890 se estable­ció la industria pesada.
- Los ferrocarriles y la mo­dernización de los puertos y la flota crearon un amplio mercado interno y favorecieron el co­mercio exterior.
- El éxito económico produjo una concen­tración de capital en ma­nos de una reducida élite financiera. Desde 1893 pode­ro­sos monopolios (los grupos zaibatsu de las familias Mitsui, Yasuda, Sumitomo...) lle­garon a do­minar la ma­yor parte de la industria, la flota mer­cante, los bancos...
- El comercio exterior se fue nacionalizando progresiva­mente. En 1880 dependía de empresas extranjeras en un 90%, pero en 1890 era un 80% y en 1900 un 60% Se reconquistaba la inde­pendencia económica.
SOCIEDAD.
Rasgos de la nueva sociedad fueron:
- El aumento de la po­blación. En la era Meiji la población se dobló al pasar de 26 millones habitantes en 1867 a 52 millones en 1913.
- El éxodo rural. Las ciudades industriales y comerciales multiplicaron su población. En 1920 Tokio tenía 2 millones de habitantes y Osaka más de 1 millón.
- El descenso de la influencia de los pro­pieta­rios rurales fren­te a los bur­gue­ses.
- El desequilibrio en­tre la mi­noría de altos ingresos (pe­ro poca ostentación de lu­jo) y las clases popula­res.
- La re­duc­ción del poder de los guerreros samuráis, aun­que per­vivió su presti­gio; sus idea­les y su modo de vida auste­ro (el código bushido) pren­dieron entre toda la po­bla­ción.
- La occidentalización de la cultura y las costumbres, al mismo tiempo que se respetaban las tradiciones. Fue una difícil amalgama, no exenta de tensiones, que explica en gran parte el militarismo y la xenofobia que fueron los peores rasgos del nacionalismo japonés en la primera mitad del s. XX.
2. LA ERA TAISHO (1912-1926).
La era Taisho del emperador Yoshi-Hito vivió cambios tras­cendentales: la intervención en la Gran Guerra (1914-1918) con el ascenso a gran potencia mundial, el auge económico pero se­guido de una crisis (1920-1922), los primeros gobiernos au­tén­ticamente liberales (1918) pero seguidos de una reacción con­servadora y militarista (1922).
LA INTERVENCIÓN EN LA PRIMERA GUE­RRA MUNDIAL.
El poderío de Japón aumentó durante la I Guerra Mun­dial en la que intervino para apoderarse (1914) de las colonias alema­nas en el Pacífico (islas Marianas, Carolinas y Marshall) y en Chi­na (Tsingtao), que le fueron entregadas oficialmente en la paz de de 1919. Se aprovechó de la situación para imponer a China las “21 peti­cio­nes” (18-I-1915), consiguiendo que le cedieran el con­trol políti­co, económico y mili­tar del norte del país.
Los años de la guerra fueron de una prosperidad sin pre­ceden­tes, gracias a la exportación a los mercados que los alia­dos tuvieron que desa­tender durante el conflicto. Se convirtió en una nación acree­dora, con una exce­lente balanza de pagos y pasó a ser una de las cinco gran­des potencias mundiales.
Antes de terminar la guerra, se unió a los EE UU y otros aliados en una expedición a Siberia (1918) contra los bolchevi­ques y ocupar Vladivostok y el norte de Sahalin.
Al mismo tiempo, Japón explotó la situa­ción para forta­le­cer su po­si­ción en Manchuria.
LA POSGUERRA.
Los gobiernos de partido (1918-1932).
Al final de la guerra hubo un grave malestar social (el aumento de los precios, el crecimiento del paro, la disminución del cre­ci­miento econó­mico), con un resurgir del liberalismo. El líder liberal conservador Hara Takashi for­mó el pri­mer gobier­no de partido en 1918. Era un cambio importante, porque hasta en­tonces habían gobernado primeros ministros salidos de los cla­nes buro­crá­ti­cos. Empero, la alternancia de liberales conserva­dores y nacionalistas hasta 1932 fracasó ante la falta de un con­senso sobre las reformas y por el auge del nacionalismo en los años 1920. Una prueba del problema: de los once primeros minis­tros de este periodo, sólo seis fueron hombres de partido, y tres fue­ron asesinados en sus mandatos: Hara (1921), Hamagu­chi (1930), Inukai (1932).
No obstante, hacia 1918 el país parecía desear la paz y el fin de la agresión en Asia, así como el aislamiento (un fenóme­no para­lelo al que pro­pugnaba la opi­nión pública en los EE UU).
La conferencia de Washington (1921-1922).
La Conferencia de Was­hington (XI-1921 a II-1922) supuso el fin de la alian­za anglo-japone­sa, la retirada de Tsingtao (de­vuelta a China) y de Siberia, la reducción del poder naval ja­ponés y un pacto internacional para mantener el statu quo en el Pacífico.
El auge nacionalista.
Pero esta etapa pacifista duró poco. Resur­gieron las fuer­zas más conservado­ras por dos motivos:
- La crisis económi­ca, causada por el fin de la guerra mun­dial y la pérdida de parte de los mercados internacionales (por la falta de cali­dad de los productos japoneses de enton­ces y por el proteccionismo de las potencias). Esto hizo au­men­tar de la agita­ción so­cial. Ya en 1921 fue asesinado el primer mi­nistro Hara Takashi. El príncipe Hi­ro-Hito, regente desde 1921 por la demencia de su pa­dre, sufrió un atentado (lo que se consideró un atenta­do contra Dios).
- El nuevo auge del nacio­nalismo tras la victoria en la guerra mundial. Los militares y los círculos nacionalistas con­sideraron que el acuerdo de Washington era una derrota diplomá­tica.
En 1922 los con­ser­va­dores formaron un gobier­no a fin de controlar el orden público, ase­gurar el domi­nio de las clases dominantes contra las reformas socia­les que preten­dían los li­be­rales y los campesinos, y reempren­der la política ex­pansio­nis­ta. Los conservadores desvia­ron la ten­sión so­cial ha­cia el odio del extranjero y en este contexto xenófobo la ley de Inmi­gra­ción de EE UU (1924) violó el acuerdo de 1908, disgus­tó a los japo­neses y reforzó el menos­precio de sus líde­res ha­cia las normas inter­na­cionales.
Todavía en 1925 los liberales lograron una reforma sustan­cial: el sufra­gio universal masculino. Se dictó un “De­creto de salva­guarda de la paz”, y se entró en el Con­sejo de la Socie­dad de Nacio­nes (1926), pero las tensiones del sistema polí­tico eran inso­por­ta­bles y desde entonces el país caerá en un cre­cien­te anti­libe­ralismo y expansionismo.
3. LA ERA SHOWA (1926...).
Hiro-Hito abrió la era Sho­wa (1926-1989), cuya larga du­ración lle­na la mayor parte del s. XX, con dos pe­riodos comple­tamente dife­rentes. En el pri­mero (1926-1945), el país se des­lizó por la senda del mili­ta­rismo y el expansio­nismo hasta de­sembocar en las guerras con­tra China (1931 y 1937-1945) y en la Segunda Guerra Mundial (1941-1945). La de­rrota liquidó su impe­rio y el país fue ocupa­do. En el se­gundo (1945-1989), el Japón se liberalizó de un modo pro­fundo (el emperador, perdida su divinidad, se convirtió en una figura representativa) y vivió el llamado “mi­lagro ja­ponés”, un cre­cimiento eco­nómico sin igual en la Histo­ria por su intensi­dad y rapidez, pero no a través de la guerra, sino de la paz: el comercio, la tecnolo­gía, el tra­bajo...
EL GOBIERNO DE LOS MILITARES Y EL EXPANSIONISMO.
Los primeros años fueron de relativa tranquilidad. Eran los “felices años 20” (1924-1929). La economía todavía se sos­tenía y los inte­reses de los grupos económicos no parecían en peligro. Pero ya el ge­neral conservador Tanaka, primer ministro (1927-1929), elaboró un plan (1927) de “positiva” expansión, para lograr la hegemo­nía sobre Asia.
LA CRISIS DE 1929 Y EL PROGRAMA IMPERIALISTA.
Pero las dificul­tades de la posguerra se incrementaron con la crisis de 1929, que repercutió en Japón de una manera muy du­ra, al reducirse la exportación de seda a EE UU (su producto y su mer­cado más impor­tantes). Entonces, los capi­talistas y mili­ta­res japoneses ana­liza­ron la situación y decidieron aplicar el plan Tanaka tras llega­r a las si­guien­tes conclusiones:
- Japón tenía una población excesiva para su territorio: había pasado de 47 millones de habitantes en 1905 y 52 millones en 1913 a 65 millones en 1930 y seguiría creciendo, por lo que sus recur­sos naturales pron­to no bastarían para sostener a la población.
- Su industria, para continuar su desarrollo, no disponía de suficientes materias primas en su propio país, ni podía su­perar la competencia tecnológica de las grandes potencias industriales, ni entrar en los mercados coloniales europeos.
La única solución que les pareció eficaz fue conquistar nuevas tierras, en China y el sureste asiático. Desde enton­ces, los militares belicistas domi­naron comple­tamen­te en los gobier­nos y aplicaron una política de armamen­to y fomento de las ex­portaciones, lo que permitió superar pronto los efectos de la Depresión y convenció a los líderes de que el expansio­nismo era la solución definitiva.
La guerra con China de 1931.
Ya en 1931, tras una guerra fácil y breve con la enorme pero débil Chi­na, los japoneses ocu­paron Manchuria, que convir­tie­ron en un protectorado (de hecho, una colonia desarrollada de modo muy eficaz con grandes inversiones), gobernada por un títere, el último empera­dor chi­no Pu Yi. Ja­pón se reti­ró de la So­ciedad de Naciones en 1933, cuando esta le ame­nazó con san­cio­nes.
La victoria del militarismo sobre la democracia.
El terrorismo nacionalista atacó a los dirigentes modera­dos y fueron ase­sinados los primeros ministros Hamagu­chi (1930) e Inukai, este en el golpe de estado de mayo de 1932, que fra­casó en lograr la toma del poder, pero que les dio a los mili­tares el predominio sobre los políticos. Más tar­de fueron ase­si­nados tres mi­nis­tros (II-1936): in­cluso los con­ser­vadores mo­derados esta­ban ate­rro­ri­za­dos por los extre­mis­tas. Cuando los liberales ganaron las elec­ciones de 1936 hubo un golpe de esta­do en To­kio, a duras penas sometido por el go­bier­no.
Pero los gobiernos siguientes (Hirota en 1936, Fumimaro en 1937), presidi­dos por burócratas relacionados con los partidos con­ser­vadores y los militares, eran abiertamen­te militaris­tas. La nación fue do­minada por las doc­trinas ex­pan­sio­nis­tas, gra­cias al triunfo en Manchuria y las vic­torias en China en 1937.
LA GUERRA CON CHINA (1937-1945).
Japón firmó un pacto anticomu­nista con Ale­ma­nia (1936) y luego volvió a agredir (VII-1937) a China, en donde en 1937-1938 con­quista­ron gran parte del norte y de la cos­ta. Las atro­cidades japone­sas (geno­cidio en la ciudad de Nan­kín) eran par­te de un plan de dominio racial de los pueblos someti­dos, que era paralelo a los planes nazis en Europa. Esta guerra duró (1937-1945) hasta el fin la guerra mundial, pero se estancó desde 1938, con un gran costo en bajas humanas y dinero, lo que exa­cerbó el militarismo japonés. El ejército dominó aun más la vida política. El país vivía una histeria nacionalista, promo­vida por la conciencia de la “misión nacional”, la “guerra san­ta” en China, el servicio al emperador. Todo esto se demos­tró cuando el primer ministro Konoe logró la apro­ba­ción de la ley de Mo­vi­li­za­ción Na­cio­nal (III-1938), que daba al gobierno ple­nos poderes para planificar la economía y la política. Era el mismo modelo que el empleado por Hitler en Alemania (1934).
Desde entonces se impuso la censu­ra de pren­sa y la re­pre­sión de los in­te­lectuales y disidentes. Se llegó a la prohi­bi­ción pau­latina de los par­ti­dos polí­ti­cos con el pre­texto de sus gra­ves escán­dalos financie­ros, lle­gando Konoe a reu­nir­ los partidos en la “Nue­va Es­tructu­ra”, un modelo de “par­ti­do único” en 1940, con el fin de unir todos los esfuerzos del país para la “mi­sión”. Era el fin de la democracia parlamentaria.
EL IMPERIALISMO JAPONÉS EN EL PACÍFICO: LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (1941-1945).
El estallido de la II Guerra Mundial en Europa proporcionó al Japón más oportunidades para la agresión, pues la atención mundial estaba alejada de Asia. Cuando el poder militar alemán se movió hacia la URSS, el Japón se unió al Eje (1940) y emprendió la tarea de establecer un gran imperio económico y político en Asia, que le diese el control de los mercados y las fuentes de suministro de fuentes de energía y materias primas. Pero era im­posible sin la guerra, pues EE UU no podía per­ma­ne­cer neu­tral ante esta expansión. A la ocupación japonesa de Indo­china res­pondió con sanciones comerciales: prohibición de co­mercio de petróleo y materias primas esenciales. Exigía la reti­rada japonesa de Indochina e incluso de China. La economía ja­ponesa podía ahogarse pronto.
Los círculos militares optaron en septiembre por plan­tear la guerra con­tra los EE UU. El gene­ral Tojo se convirtió en pri­mer ministro (X-1941) y or­denó el ata­que (6-XII-1941) a la base esta­douni­dense de Pearl Harbour y luego a las colo­nias occi­den­tales en el sureste asiáti­co: Fi­li­pi­nas, Mala­sia, Indo­ne­sia.... Fue un grave error de cálculo. En la guerra del Pací­fi­co con los EE UU y sus aliados, tras los pri­meros grandes éxi­tos, es­tan­cados en Chi­na y excesi­vamente ex­tendidos en el Pací­fico, los japoneses tu­vie­ron que combatir durante casi cua­tro años, cada vez en peores condiciones desde la derrota de Midway (VI-1942). Los norteamericanos progresaron de isla en isla hasta llegar a cercar el país, que fue bombardeado por la aviación durante meses des­de finales de 1944. Fi­nalmente, el Japón capi­tuló en agosto de 1945, des­pués del bom­bardeo ató­mico de Hiros­hima y Nagasaki y de la en­trada de la URSS en la gue­rra contra Japón.
2.3. LA OCUPACIÓN AMERICANA.
El general MacArthur fue nombrado comandante supremo de las fuerzas aliadas para la ocupación del Japón (1945-1951). Fue un aconte­cimiento histórico: el país nunca había sido ocu­pado por un invasor. Fue un gran éxito político, económico y social, que recuperó rápidamente al país para el concierto de las naciones democráticas y prósperas.       
La pri­mera fase de la ocupación (1945-1946) se dedicó a la desmilita­rización del país, el cas­tigo de los criminales de guerra y la purga de los elementos imperia­listas, pero se res­petó al empe­rador, lo que garantizó la estabilidad inter­na, aunque perdió su divinidad.
La segunda fase (1946-1951) fue de rehabilita­ción y demo­cra­tización, con grandes cambios, tales como la reestruc­tura­ción de la admi­nistración ­y la promulgación de una nueva Cons­titución (1946), muy democrática. El primer ministro Yoshida gobernó con acierto en el periodo. Se libe­raron los presos po­líticos y se formaron los parti­dos actuales, se re­formó la po­licía y la edu­cación (mayor auto­nomía a las unidades locales). La re­forma agraria fue un gran éxi­to, al redistri­buir la tierra de los propieta­rios ab­sentistas a los agriculto­res que la tra­baja­ban. Se abolieron los monopolios fi­nancieros (zaibatsu), aunque estos se recupe­raron en los años 50. Pese a la derrota, se había mantenido lo esencial del espí­ritu de disciplina e iniciativa del pueblo japonés y además su mano de obra seguía siendo abundante, bara­ta y preparada, lo que abocó a una rápida recuperación económi­ca, basada en la indus­tria y el comercio.
La Gue­rra Fría y la guerra de Corea mejoraron la situación eco­nómica en Japón, por el aumento de la demanda de las bases esta­douni­den­ses. En 1951 se firmó el tratado de paz (de 48 paí­ses con Ja­pón) dando fin al estado de guerra y a la ocupación, y un tra­tado de seguridad entre EE UU y Japón, que ha protegi­do a este sin la carga de un gran presupuesto de defensa.
La recu­pe­ra­ción económica (el “milagro japonés”) fue pro­di­giosa desde 1950, bajo el gobierno del par­tido Liberal Demo­crá­tico (PLD), y Japón se ha convertido, a finales del s. XX, en la tercera gran fuer­za económica mundial (tras EE UU y la Unión Europea), aunque con la creciente amenaza del ascenso chino, que hacia 2010 parece que le ha reemplazado. Si este enorme crecimiento ha sido posible, es, pese a sus graves desequilibrios, gracias al proceso que comenzó en 1853.

CHINA
1. DE LA MONARQUÍA A LA REPÚBLICA (1868-1911).
LOS PROBLEMAS DE CHINA EN EL SIGLO XIX.
La superpoblación y la debilidad económica de China en el s. XIX se juntaban con su atraso cultural, científi­co y técni­co y la incapacidad del régimen de emprender reformas. Era el país más poblado y rico del mundo en el s. XVIII, con conciencia de ser el “centro del mundo”, pero en los primeros dece­nios del s. XIX fue superado por Occi­dente en poder económi­co, tecno­lógi­co y mili­tar, y pronto su­frió el imperialismo.
Desde la conquista manchú a mediados del s. XVII el país era un gigante inmovilista y cerrado al exterior, gobernado por un régimen político absolutista. El emperador era una figura sim­bólica, pero con poder divino, que se apoyaba en la aristo­cracia manchú, que domi­naba las mejores tierras, la amplia bu­rocracia, que opri­mía a la pobla­ción de etnia chi­na con fuertes impuestos, y el ejército, con oficiales que dependían de sus sueldos. Las refor­mas, aunque necesarias, eran imposi­bles desde el interior del siste­ma por­que se temía que abrir el pro­ceso de­rrumbaría el propio siste­ma (por una mayor dependencia de los odiados extranjeros y por el paro que provocaría una moderniza­ción de la producción). Fal­taban un líder y un grupo de diri­gentes unidos en la tarea de las reformas, como lo hubo en Ja­pón. En suma, la mayo­ría de los dirigentes se negaron a cam­biar su modelo de sociedad, que consideraban la más maravillosa del mundo. Mientras, la situación empeoraba.
Los bri­tá­nicos ha­bían ven­cido a los chinos en la gue­rra del opio de 1840-1842 y conseguido la po­se­sión de Hong Kong y la apertura de varios puertos, domi­nan­do el comer­cio chino de la seda y del té, pro­duc­tos com­pra­dos a cam­bio de una droga (el opio). Así abrie­ron paso a las demás po­tencias occi­dentales (Rusia, Fran­cia, Alema­nia, EE UU...) en los dece­nios siguientes, que ocupa­ron los te­rrito­rios periféri­cos (Rusia al norte, Fran­cia en Indochina, Alemania en el puer­to de Tsingtao) e im­pusie­ron la política de “puerta abierta”: el do­mi­nio co­mer­cial con la aper­tura de puer­tos y la división del país en gran­des zo­nas de in­fluen­cia econó­mi­ca, con con­di­cio­nes de pri­vile­gio que afectaban a la sobe­ra­nía china (ba­rrios ex­tran­jeros en Shang­hai, jurisdicción so­bre sus nacio­na­les, dere­chos de adua­nas, insta­lación de tropas y buques de guerra en el in­terior del país). En la guerra de 1856-1858 Francia y Gran Bretaña amplían sus privilegios. Mientras, Rusia ocupa amplias zonas en Asia Central y el norte del río Usuri (tratado de Aigun, 1858). La entrada de manufacturas con una tasa aduanera de sólo un 5% arruinó al artesanado urbano y rural. Todo ello hun­dió el pres­tigio y el poder de la di­nas­tía man­chú.
Las revueltas sociales, que se multiplicaron en el periodo 1850-1875 (Taiping en el sur, Nian en el norte, musulmanes en el oeste) provocadas por el hambre y la opre­sión manchú eran cons­tan­tes. Sobre todo la rebelión Tai­ping (1850-1864) había convulsionado el país y si los numerosos grupos rebeldes no terminaron ya en el s. XIX con la dinastía manchú fue porque estaban desunidos y por el apoyo occidental a la dinastía que les favorecía.
En este contexto, el nacionalismo chino creció entre dos po­los: el refor­mis­mo, que comprendía que sin una occidentaliza­ción de la socie­dad no había defensa posible, y el conservadu­rismo, que anhelaba defender su cultura tradi­cional. Los inten­tos de pequeñas reformas que se hicieron en el periodo 1875-1895 fracasaron debido a la falta de consenso y continuidad. Además, los jefes administrativos y militares de las regiones, aupados durante las guerras del periodo 1850-1875, constituyen poderes regionales propios, apoyados por las potencias extran­jeras de sus zonas respectivas, y desobedecen las órde­nes del go­bierno central. Esta fragmentación regional, de hecho, conti­nuará a grandes rasgos hasta 1928.
Mientras tanto, las fronteras exteriores retrocedían por la presión de las potencias extranjeras y la debilidad china: los protectorados o reinos vasallos de Tibet, Mongolia, Co­rea y Vietnam se pierden de hecho o de derecho en este periodo. En 1874 los japoneses atacan Formosa y ocupan las islas Ryu-Kyu. Se pierde la soberanía sobre el rei­no de Vietnam, tras la gue­rra con Francia (1884-1885). En 1887 Portu­gal consigue la ane­xión definitiva de Macao. Y así muchas humillaciones más.
LA CRISIS DE LA MONARQUÍA TRADICIONAL (1895-1911).
El desas­tre de la guerra con Japón (1894-1895) llevó en el Tratado de Shimonoseki a que China tuviese que pagar una fuerte in­dem­nización, más la entre­ga de Formosa y las Islas de los Pes­cado­res, y abandonar su anterior control sobre Corea.
Las potencias se aprovecharon de la debilidad china para conseguir nuevas concesiones. Francia, Alemania, Gran Bretaña y Rusia ocuparon puertos y pequeños territorios estratégicos en la costa (1898).
Entonces un pequeño grupo de intelectuales re­formistas, encabezados por Kang Youwei y apo­yados por el joven em­pera­dor Kuang-si, se hicieron con el gobierno e in­tenta­ron seguir el ejemplo ja­po­nés de la Revolu­ción Meiji. Son los “cien días de refor­mas” (27-VI a 22-IX 1898) en enseñanza, agricultura, de­fensa... pero fra­casa­ron en alcan­zar un consenso y, al cho­car con la re­sisten­cia de los conservado­res la con­servado­ra empe­ra­triz-ma­dre, Tzu Hsi, hizo eje­cu­tar a seis de los refor­mistas y li­quidó el in­tento.
La emperatriz, en cambio, alentó entonces la fra­ca­sada y sangrienta re­vuel­ta xenófo­ba de los bóxers (1900), que fue du­ramente re­primida por las po­tencias occidenta­les y China fue castigada con una enorme indemnización, que arruinó las finanzas del país. Además, Rusia ocupó Manchuria. La derrota su­puso el fra­ca­so de la vía con­ser­va­dora. Para inten­tar re­me­diar la si­tua­ción sólo quedaban las reformas o una revo­lu­ción con­tra la di­nastía.
La victoria de los japoneses sobre los rusos (1905) y su expulsión de Manchuria (que pasó a ser dominada por los japone­ses) animó a los chinos, decididos a luchar contra los “trata­dos desigua­les” y las “nuevas ideas” venidas de Europa, que conti­nuaban extendiéndose. Pero para ello había que cambiar el país y la propia emperatriz Tzu Hsi fue obligada desde 1903 a rea­lizar las mismas re­formas rechazadas en 1898, pero que ya eran tan insu­ficientes que no conten­ta­ron a la opo­sición. Se crearon minis­terios y asambleas provinciales, se publicó el presupuesto, se reformaron la enseñanza y los exámenes de la administración...
El principal líder opositor, es el médico Sun Yatsen (1866-1925), que fundó una aso­ciación (1894), y la coali­ción republicana Tongmenhui (1905, antecedente del Kuomintang funda­do en 1912), con tres prin­cipios: naciona­lismo (contra la di­nastía manchú y los ex­tranje­ros), democracia (república con soberanía popu­lar) y socialismo (re­forma agraria y un impuesto sobre la ri­que­za). Era apo­yado por la bur­guesía de los puer­tos, los estu­dian­tes que vol­vían de Europa y las comu­nida­des chinas del ex­te­rior. Este movimiento, confuso y poco orga­nizado, pro­movió revueltas en 1905-1911.
En Pekín el emperador niño Pu Yi, de diez años, reemplazó a Tzu Hsi (1908) y, en estos últimos años del régimen los parti­da­rios del regente, conservadores, se opusieron a los del gene­ral reformista Yuan Chekai, a los poderes regionales, a los reformistas monárquicos (refugiados en Japón). La desu­nión fa­voreció la revo­lución. En estos años los propieta­rios de tie­rras abandonaron a la dinastía man­chú, hartos de su incapa­ci­dad y agobiados por los impuestos.
2. LA REPÚBLICA (1911-1949).
2.1. LA REVOLUCIÓN.
En mayo de 1911 el Gobierno decidió la nacionalización de todos los ferrocarriles provinciales y pri­vados. Fue la señal para la rebelión, con revueltas y manifestaciones (Sechuan) y, sobre todo, la re­belión militar fomentada por dos asociaciones secretas en Wuchang (10-X-1911), que se extiende por todo el país, sin control, en un movimiento espon­táneo. Yuan Chekai es lla­mado a la ca­pi­tal para reprimir la rebe­lión pero se hace con el poder y negocia con Sun Yatsen. En di­ciembre los delegados reu­nidos en Nankín eli­gen presi­dente provisional de la Repú­bli­ca Chi­na a Sun Yat­sen, que la proclama el 1-I-1912, pero cons­ciente de la debilidad de su partido y ante la negativa de las potencias a concederle un empréstito, aceptar entregar la pre­sidencia a Yuan Chekai, quien cuen­ta con el apoyo de los mi­li­ta­res y la buro­cracia, a condi­ción de que acepte la República y fuerce al empe­rador a abdicar.
2.2. LA DICTADURA DE YUAN CHEKAI (1912-1916).
El poder fue tomado, con el voto del Senado, por el gene­ral re­for­mis­ta Yuan Chekai, que domi­naba el ejérci­to y la buro­cracia, y que contaba con el apo­yo de las potencias oc­cidenta­les. Tras obte­ner la abdicación del em­pera­dor Pu-yi (14-II-1912), Chekai fue designado presidente y go­bernó como un dicta­dor militar: aplasta una rebelión de los gobernadores regiona­les (1913), disuelve (10-I-1914) el Par­lamento domi­na­do por el Kuomin­tang, promulga una constitución autoritaria y prohíbe el Kuo­mintang (1914), prorro­ga su mandato diez años, restablece temporalmente el imperio en su persona (1-I-1916).
Sus refor­mas fueron dema­sia­do mo­dera­das, sin tocar la es­tructu­ra de la propiedad ni de la administra­ción, pero se in­tentó la modernización del país. El Gobierno es incapaz de re­sistir la pre­sión del Japón, que se apo­deró de las posesiones ale­manas en China e impuso a esta las “21 peti­cio­nes” (18-I-1915), consiguiendo el control polí­tico, eco­nó­mico y mili­tar del norte del país.
La presión japonesa, el nacionalismo chino, la oposición republicana del Kuo­mintang, la crisis económica, las ambiciones de los generales de provincias, etc. eran problemas insupera­bles para el nuevo régimen. Gran parte de los gobernadores re­gionales se sublevaron a principios de 1916, declarándose inde­pendientes, y Chekai renun­ció y poco después murió (VI-1916).
Las reformas y el resurgimiento intelectual.
El nuevo régimen, pese a su inestabilidad política (Chekai sólo gobernó entre 1912 y 1916, mientras que entre 1916 y 1928 sólo hubo un gobierno de nom­bre, instrumentalizado por los se­ñores de la guerra, las potencias occidentales y Japón), promo­vió o con­sin­tió muchas reformas, que se desarro­lla­ron gracias a la ini­cia­tiva de mu­chas personali­dades en los poderes regiona­les y locales. Así, China se abrió realmente desde este momento a Occi­dente. Ade­más, la pobreza china había reducido sus impor­taciones de tal modo que dejó de ser un objetivo interesante para las potencias occidentales. Su comercio exterior era infe­rior al de muchos países pequeños. La presión exterior había sido tan excesiva que había dejado de ser rentable y se abando­nó el país a los intereses japoneses.
Con todo, la economía se modernizó bastan­te en los años 1920, gracias a las in­ver­sio­nes de capital extranjero, que pro­se­guía una diná­mica ya muy ante­rior (empréstitos, inversiones en fe­rroca­rriles y em­presas mi­neras e industriales, de comercio y banca). La pro­duc­ción au­mentó notablemente y se desarrolló una clase em­presa­rial ac­ti­va. Con la industrialización favore­cida por la I Guerra Mundial, entre 1914 y 1919 la pobla­ción obrera pasó de uno a 3 millones. Pero era un impulso insuficiente: sólo una reforma agra­ria hubiera creado un mercado interior suficiente para la in­dustrialización y gran parte de los bene­ficios salían al ex­tranjero. Finalmente, la depresión de 1929 y, sobre todo, las guerras civiles y las chino-japonesas de los años 1930, aplas­tarían este desarrollo in­cipiente.
En los de­cenios siguien­tes mu­chos es­tu­diantes fueron beca­dos para estu­diar en EE UU y Euro­pa. Téc­ni­cos, médicos, pro­feso­res occi­denta­les lle­garon a Chi­na, mien­tras los misioneros in­cre­menta­ron su presen­cia. El movi­miento de renovación cultu­ral llevó al abando­no de la lengua clásica y del confucianismo. La moderna literatura china nació entonces (Lu Hsun, Hu Shih), así como una nueva corriente de pensamiento influida por las ideas occi­dentales y fuertemente marcada por la Revolución de Octubre rusa (Chen Tuhsiu, Li Ta­chao).
LA FRAGMENTACIÓN POLÍTICA (1916-1926).
Después de la muerte de Chekai le sucedió el caos, con multi­tud de poderes regionales y loca­les, ya formados en su mayoría desde finales del siglo an­terior, y que sólo mante­nían una obediencia nominal al gobierno cen­tral. Mientras, el nacio­nalismo chino seguía vivo. Al final de la guerra mun­dial, el Tratado de Versalles reconoció a Japón la sucesión en los dere­chos de Alemania en China y eso provocó una manifesta­ción estu­dian­til contra la presión japone­sa (4-V-1919). Fue la se­ñal para un vas­to movi­miento nacionalista anti­ja­ponés, llamado “Mo­vimiento 4 de mayo”, que actuó con boicots y huelgas. De este movimiento surgió en 1921 el partido comunista y el impul­so de regeneración del Kuo­mintang, que le permitiría vencer en 1926-1928, además de que en el Tratado de Washington (II-1922) China consi­guió que Japón renun­cia­se a sus derechos sobre Tsingtao y a las “21 peti­cio­nes”.
Mientras, desde 1916 el país se desintegraba en una serie de feudos militares de los “señores de la guerra”, como los marisca­les Chang Tsolin (Man­churia), Feng Yuhsiang y Wu Pei­fu. China fue asola­da por continuas luchas civiles entre las coa­li­ciones de estos militares, que formaron un gobierno ficticio en Pekín hasta 1928, me­dian­te comi­sa­rios que les representaban. Algunos de los “señores de la guerra” siguieron políticas re­formistas, pero su desunión imposibilitaba el desarrollo chino.
2.4. EL KUOMINTANG.
Sunyatsen y el Kuomintang (1912-1925).
Sun Yatsen, exiliado en Japón en 1913, siguió luchando y des­pués de varios fracasos en Shanghai y Cantón (1917, 1921) y un exilio en Japón, por fin ins­tala en Cantón (III-1923) un Gobierno nacionalis­ta, con la ayuda de la URSS, que le pro­por­cionó conseje­ros y mate­rial bé­lico. El par­tido comunista, fun­dado (1-VII-1921) por Chen Tuh­siu, Li Ta­chao y Mao Tsetung con los intelectuales izquierdistas, se in­tegró en el Kuo­mintang, reformado según el modelo so­viético de frente popu­lar como par­tido único en la zona que dominaba (I Congreso, Cantón, 1924). El ejér­cito se reor­ganizó en la Acade­mia de Whampoa y se prepa­raron re­formas so­ciales (Tres Princi­pios del Pueblo). Pero se volvió a romper la unidad del partido cuando Sun Yatsen murió en Pekín (1925), donde estaba negocian­do con el Gobierno del Norte.
Chiang Kaishek: la lucha del Kuomintang contra los “seño­res de la guerra” y los comunis­tas (1926-1928).
Wang Chingwei y el gene­ral Chiang Kaishek (cuñado de Sun Yatsen) se disputaron su su­cesión, hasta que este triunfó en un gol­pe de Estado (III-1926). Su programa era reunificar China bajo un gobierno auto­ritario y un partido único, y emprender reformas sociales y económicas para moder­nizar el país y afron­tar el expansionismo japonés.
Aprovechando una oleada nacionalista en China, desencade­nada por la represión británica de una manifestación en Shang­hai (1925), Chiang reunificó China desde su pequeña base en el sur. Expulsó a los comu­nistas del Gobierno (III-1926) y esto le dio el apoyo de la burguesía y varios “seño­res de la guerra” que temían perder su poder si no se le unían. Entonces em­pren­dió la “campaña del norte” contra los demás “seño­res de la gue­rra” (VII-1926) y realizó la pro­gre­siva con­quis­ta del país. Primero atacó el cen­tro y tomó Nan­kín (IV-1927), donde situó su capital (hasta 1937) y eliminó al ala izquierda del Kuo­mintang, ata­cando a los comu­nis­tas en Shanghai (IV-1937), lo que da co­mienzo a la II guerra ci­vil (1927-36). Lue­go ata­có el nor­te y, por fin, el Kuo­min­tang tomó Pekín (1928), unificando el país. Pero su triunfo se de­bía tanto a las victorias militares como a la integración en sus filas de la mayoría de los “seño­res de la guerra” secundarios, lo que tendrá graves consecuencias futu­ras. De hecho, Chiang Kaishek será sólo el jefe militar supre­mo, aunque apoyado en su partido único y sostenido por la bur­guesía y los grandes pro­pie­tarios agrarios.
En estos años Chiang se moderó considerablemente en su na­ciona­lismo pro­gresista, lu­chando a la vez contra las rebelio­nes mili­ta­res, los co­mu­nistas y los japo­ne­ses. Pese a los con­flic­tos in­ternos, al bandolerismo en las provincias y al pi­llaje mili­tar, el país en los años 1928 y primeros 30 se industriali­zó y mejoró sus co­municaciones y la burguesía se enriqueció y consi­guió contro­lar el poder local suplantando a la antigua burocracia. Pero Chiang pospuso la refor­ma agraria que ha­bía preco­nizado Sun Yatsen y así cometió el error que destrui­ría su ré­gimen a largo plazo, pues la miseria del campo llegó a extre­mos inconcebibles.
La presión japonesa: Manchuria (1931).
Una vez en Pekín, el Kuomintang chocó con las pretensiones de Japón sobre Manchuria, donde un “señor de la guerra” había so­brevivido. Chiang Kaishek quería la paz, cons­cien­te de su debilidad y porque estaba en plena lucha con­tra los comunis­tas. Japón pro­vocó el incidente de Mukden (18-IX-1931) y ocupó sin resistencia china la región de Manchu­ria, donde creó el impe­rio-protec­torado de Man­chukuo (1-III-1932), dirigido nomi­nal­mente por el empe­rador manchú Pu Yi. Japón también ocu­pó breve­mente Shanghai (I-1932), de donde se retiró por la presión oc­ci­dental, y permanentemente la región de Yehol al norte de la Gran Mu­ralla, des­pués de la eva­cua­ción chi­na (30-V-1933).
La peripecia comunista.
Al estallar la guerra civil en 1927 los comunistas se di­vidieron en dos grupos: el de Mao Tsetung quería una re­vo­lución campesina, el otro preten­día una revolución urbana o pactar con el Kuomin­tang (obedeciendo las órdenes de Sta­lin) y esperar a que el desarro­llo industrial creara las condi­ciones de una fu­tura re­volución. Este grupo fue casi ani­quilado por el Kuo­min­tang en Shanghai (IV-1927) y durante el periodo de “te­rror blanco” que siguió.
Los comunistas se apoyan desde 1927 en el campesinado (85% de la población) y se asientan en amplias zonas rurales, donde expro­pian las tierras y las reparten entre los campesi­nos.       En una larga lucha (1931-1934) el Kuomin­tang aniquila la Repú­blica Popular de Ruijin (en el sur), por lo que Mao emprende la Lar­ga Marcha (X-1934 a X-1935), de 12.000 km hasta la pro­vincia nor­teña de Shaansi, don­de consi­guirá de­fen­derse mejor (aunque no contó con ayuda sovié­ti­ca has­ta 1945) y comenzar la reforma cam­pesina, al tiem­po que lu­cha­ba con­tra el Kuomin­tang y los japo­neses.
Había un gran malestar militar y nacionalista por la polí­tica defensiva de Chiang ante los japoneses y sus fracasos ante Mao. Mientras se dedicaba a atacar a los comunistas, por otro lado (empujado por los cuatro grandes grupos económicos que le ayudaban) pactaba con los japoneses y reconocía su dominio so­bre el norte (acuerdos de Danggu, V-1933, y Ho-Umezu, V-1935). Los comunistas, por contra, aglutinaban un gran movimiento na­ciona­lista antija­ponés y conseguían que muchos soldados renun­ciasen a luchar contra ellos.
Finalmente, Chiang fue hecho pri­sionero (XII-1936) en Sian por los jefes militares del norte, que le pre­sionan para que cese la guerra civil y se alie con los comunistas para empren­der re­for­mas y defen­der al país contra los ja­po­neses. En­tonces el dirigente comunista Chu Enlai les con­vence para que le libe­ren y pacta con él unir sus fuerzas, bajo el mando de Chiang, con­tra los japo­neses.
2.5. LA GUERRA CHINO-JAPONESA (1937-1945).
Al fin la guerra chino-japonesa estalló (7-VII-1937), con el in­ci­dente del puente de Marco Polo en Pe­kín.
En la guerra, las tropas chinas, mal equipadas y mal man­da­das, se retiraron en 1937 de Pekín, Shanghai, Cantón, Wuhan y la capital Nan­kín, tras sufrir enormes pérdidas. El Gobierno se refugió en Chungking (Sechuán) y resistió en el interior y el sur (excepto la costa). Japón contaba con ganar una guerra rá­pida, pero se encontró frente a una larga guerra y una activa guerri­lla comunista, siendo sus fuerzas insu­ficien­tes. 
Por el otro lado, el Gobierno títere pro-japonés de Wang Chingwei ad­ministró los terri­torios ocupados, al servicio del esfuerzo militar japonés. En 1942 y 1944 dos ofensivas ja­pone­sas extendieron su do­minio por el sur y aislaron más a Chi­na.
Desde 1936 el Kuomin­tang y el partido comunista se habían alia­do, pero Chiang Kiashek lo hizo a regañadientes y sus rela­ciones pronto se debi­lita­ron por el gran creci­mien­to de la gue­rri­lla comunis­ta en la reta­guardia japone­sa. Ya en 1938, en plena derrota, lo atacó de nuevo, como en otras oca­siones hasta ju­nio-julio 1943 (por ejemplo, en 1941 bloqueó las zo­nas ro­jas) y sólo la presión norteame­ricana le obligó a pac­tar de nue­vo y a lu­cha­r juntos has­ta el fin de la guerra en 1945. Ambos bandos se refor­zaron a la espe­ra de la de­rrota ja­po­nesa y del inevita­ble con­flicto civil pos­terior. Pero si los comu­nis­tas luchaban con valor y disciplina, los ejércitos na­ciona­listas del Kuomin­tang se co­rrompieron con la masiva ayuda eco­nómica norteameri­cana y man­tuvieron una estra­tegia defensiva frente a los japo­neses.
La contraofensiva del Kuo­mintang y de los comunistas en el ve­rano de 1945 hizo retroce­der apenas un poco a los nipones, pero la capitu­lación japo­nesa de agosto de 1945 puso fin al con­flic­to.
2.6. LA GUERRA CIVIL (1946-1949).
La capitulación desencade­nó una carrera entre nacionalistas y comunistas por desarmar a los japoneses y ocupar las regio­nes más importantes. Los nacionalistas, apoya­dos por la avia­ción norteamerica­na, parecieron ganar, pero los comunistas tam­bién se engrande­cieron en el norte, hasta englobar 100 millones de habitantes.
Era un poder menor en comparación, pero el pres­ti­gio de los comu­nistas era alto por su dis­ci­plina, su ho­nestidad y efi­cacia ad­ministrativa en las regio­nes libera­das, su reparto de las tie­rras y su es­tra­te­gia ofen­siva con­tra los ja­poneses. En cambio, el prestigio de los na­cionalistas era escaso, por todo lo con­trario: indis­ciplina, corrupción, ineficacia, negativa a una reforma agraria o a leyes so­ciales, la po­líti­ca dictato­rial, la in­flación. Todo esto hi­zo que gran parte de los inte­lec­tua­les y de la arruinada bur­guesía apoyaran a los comu­nis­tas, como ya lo hacía el campesinado.
Los intentos de mediación de EE UU fracasaron y estalló la III guerra civil en julio de 1946. Los nacionalistas tenían un ejército más numero­so y mejor equipado, y ocuparon amplias zo­nas, pero no consi­guieron destruir al ejército ro­jo, que rehuía el combate abier­to y luchaba en guerrillas, hasta que Mao atacó en el verano de 1947 sobre las extendidas líneas na­cionalistas en el norte. En el otoño de 1948 se apoderó de Man­chu­ria y de todo el nor­te, causando grandes bajas al contrario.
Entonces Chiang dimitió como presidente, pero el vicepre­sidente Li Tsung fracasó en sus tentativas de armisticio. El gobierno na­cionalista fue incapaz de hacer frente a los comu­nistas. Regiones y unidades ente­ras se incorporaron a la zona roja incluso sin combate. Entonces el ejército rojo fran­queó el Yangtsé (20-IV-1949), se apo­deró de Nankín y Shanghai y lue­go del sur y del oeste del país, que quedó totalmente ocupado en enero de 1950, con excepción de la isla de Formosa, donde se refugió el Gobierno nacionalista de Chiang Kaishek y parte de su ejército, bajo la protección de EE UU.         

3. LA REPÚBLICA POPULAR (1949).
La proclamación de la República Popular.
El establecimiento de la República Popular de China en 1949 marcó el momento crucial de la historia mo­derna de China. Tras un siglo de graves conflictos y de creciente desinte­gración in­terna, problemas por lo común provocados y agravados por agre­sores exter­nos, China se hallaba gobernada por dirigentes que tenían una visión clara de la sociedad que deseaban crear. In­dependientemente de los exce­sos y fracasos posteriores a 1949, sin olvidar la re­pre­sión sistemática de gran parte de la pobla­ción, han de reco­no­cerse logros fundamentales y es que la expe­riencia moderna de China no debe juzgarse sólo en contraste con los avances contemporá­neos de sus vecinos de Asia Oriental (el asombroso éxito econó­mico y democrático de Japón, Corea del Sur y Taiwán ante el relativo estanca­miento chino), sino también en contraste con su pro­pio pasa­do.
La conquista de Beijing (31-I-1949) fue seguida por la pronta caída del resto del país, de modo que el 1 de octubre del mismo año se proclamó la República Popular de Chi­na y co­menzó de inmediato la implantación del comunismo.
Las reformas.
Una de las máximas preocupaciones del nuevo régimen era la economía, especialmente el aumento de la producción agrícola y la creación de una sólida base industrial. El logro de tales objetivos dominó el transcurrir de la política interior. A principios del decenio de los 50, China siguió de cerca el mo­delo soviético de planificación económica dirigida, tras la firma el 14 de febrero de 1950 por Mao y Stalin del tratado de “Amistad Eterna”. Muy importante fue la ley de reforma agraria de 28 de junio de 1950 que aseguró una base sólida al PCCh en el campo.
Los problemas internos e internacionales.
En diciembre de 1951 comenzó la primera campaña de movi­li­za­ción ideo­ló­gica, de los “Tres Contras” (contra la co­rrup­ción, el despilfarro y la burocracia), seguida en marzo de 1952 por la de los “Cinco Contras” (que ampliaba el campo de la re­pre­sión comunista).
La pri­mera gran purga de los mode­rados (partida­rios de la pro­pie­dad agraria pri­vada) se reali­zó en 1954, mientras los inte­lectua­les eran llamados al orden en el I Con­greso Nacional del Pue­blo, que aprobó una nue­va Constitu­ción, al tiempo que Mao era promovido a la presidencia de la Repúbli­ca.
En sus relaciones exte­riores, el nuevo régimen comunista rápidamente se estableció en el escenario mundial, aunque no dispuso del inmediato reconoci­miento de Estados Unidos y fue excluido de las Naciones Unidas (en beneficio de la China na­cionalista, reducida a Taiwán en 1949). La guerra de Corea fue la primera prueba de la potencia militar china, en lucha con los EE.UU. y acabó con una derrota parcial, aceptada en el ar­misticio de 27 de julio de 1953.

COREA.
1. COREA A FINALES DEL SIGLO XIX.
La historia de Corea en el s. XIX se caracteriza por el gobier­no autocrático de la dinastía Koryo (que gobernaba desde el s. XI bajo el vasallaje a China), el aumento y empobreci­mien­to de la población (casi toda rural, como la economía), el aislamien­to ex­te­rior hasta los años 1880 y los intentos de las potencias occidentales y del Japón de intervenir y explotar el país. El imposible pacto entre las tendencias conservadoras (dominantes en la Corte y el grupo místico Tonghak) y reformis­tas (Partido de la Independencia o de la Renovación) impidieron que el país siguiera a tiempo el modelo japonés de reformas. Pese a ello, fueron firmados tratados de comercio y amistad con Japón (1876), y entre 1882 y 1886 con EE UU, Gran Bretaña, Ale­mania, Italia, Rusia y Francia.
EL ENFRENTAMIENTO ENTRE RUSIA, CHINA Y JAPÓN.
En el último tercio del s. XIX el interés del Japón por Corea volvió a renacer. En 1876 Japón obligó a Corea a estable­cer relaciones comerciales, y en 1884 fomentó una rebelión con­tra la corte. Por su parte los chinos ayudaron a los conserva­dores coreanos, lo que dio origen a un conflicto armado, que terminó con el Tratado de Tiensín (1885), con la promesa de que chinos y japoneses retirarían sus fuerzas armadas.
El acuerdo fue violado por las tropas chinas, que irrum­pieron en la penín­sula (1894) para ayudar a reprimir una rebe­lión en el sur. Ja­pón lo consideró una provocación y desencade­nó una guerra entre Japón y China, en territorio coreano. En sucesivas batallas, los japoneses derrotaron a los chinos y la guerra terminó con una victoria completa en 1895. China tuvo que pagar una fuerte indemnización a Japón, más la entrega de Formosa y las Islas de los Pescado­res, mientras que Japón vio limitadas sus ansias de anexión de territorios en Corea por las potencias europeas. Durante siete años los rusos desafiaron a los japoneses en su intento de con­seguir una mayor influencia en Corea. Finalmente, en 1904 Japón declaró la guerra a Rusia, y tras su victoria (1905) Corea fue forzada a convertirse en un aliado japonés.
2. EL DOMINIO JAPONÉS (1905-1945).
LA OCU­PACIÓN JAPONESA.
Después de la derrota rusa (1905), los japo­neses instala­ron en Corea un residente general para que gober­nara el país. En 1907 el rey fue obligado a abdicar en su hijo, un débil men­tal. En 1910 los japoneses se anexionaron definiti­vamente Co­rea, poniendo fin a su independencia y a la dinastía Yi, que había durado cinco siglos. Un gobernador general japonés nom­braba los cargos administrativos más importantes, mientras el cuerpo asesor consultivo, el chusuin, formado por coreanos, apenas si era tenido en cuenta.
El periodo de la ocupación japo­nesa se caracterizó por la dic­tadura política y la ex­plotación económica: el 40% de las tierras pasaron a propie­dad japonesa; el crecimiento agrario (sobre todo del arroz) e in­dustrial (en 1939 el 39% del PIB era del sector secundario) favorecía sólo al ocupante, mientras la población coreana se empobrecía (su ración anual de arroz bajó de 126 kg en 1912 a sólo 73 en 1936).
El movimiento de resistencia.
Los coreanos no aceptaron con sumisión la dominación japo­nesa, y durante diez años los patriotas organizaron una resis­tencia armada, que fue reprimida por la fuerza. El 1 de marzo de 1919 (siguiendo los principios nacionalistas de la política internacional posterior a la I Guerra Mundial), 33 de los más eminentes co­reanos firmaron una proclama de inde­pendencia y la enviaron al gobernador general. Este acto fue el principio de un movimiento general de protesta contra la ocupación japonesa, con grandes manifestaciones en la primavera, pero que fue sofocado en mayo.
Una política japonesa de moderación.
En 1919 fue nombrado un nuevo gobernador ge­neral y se ini­ció una política más moderada hacia los coreanos: se ablandó la ocupación y se promovió la industrialización, las carreteras y ferrocarriles, aunque pro­siguió la represión cul­tural. En 1925 se fundó el partido comunista, que se opuso a la ocupación japonesa. El go­bierno coreano en el exilio (Shanghai) intentó ser reconocido sin éxito por la Sociedad de Naciones. La crisis de 1929 re­percutió en la situación social, con gran­des huelgas en 1931 (30.000 huelguis­tas).
El esfuerzo bélico en la II Guerra Mundial.
Durante la II Guerra Mundial los comunistas promovieron un fuerte movimiento guerrillero en el norte y se formó un ejérci­to coreano, que luchó al lado de los chinos.
Las nece­sida­des bélicas japonesas se hicieron sentir en Corea: cientos de miles de obreros fueron trasladados al Japón y a las islas del Pacífico, casi 200.000 muje­res fueron raptadas como esclavas sexuales, la eco­nomía se militarizó.
3. LA INDEPENDENCIA Y LA DIVISIÓN NORTE-SUR.
La independencia.
La Declaración de El Cairo (XII-1943), firma­da por las potencias aliadas, prometía a Corea su independencia *en la debida for­ma+. Se constituyó un Gobierno provisional en Chung­king (1944), y en la Conferencia de Potsdam (VII-1945) se acor­dó la independencia. La URSS se comprome­tió a apo­yar la inde­pen­dencia de Corea cuando declaró la guerra a Japón (8-VIII-1945) e invadió Corea por el Norte (12-VIII), mien­tras EE UU lo hacía por el Sur (8-IX).
La división norte-sur.
El país fue dividido provisionalmente en dos zonas, toman­do como fron­tera el paralelo 38. Ambas potencias impusieron regímenes políti­cos y económicos contrarios. Al Norte se hizo cargo del poder un Comité Popular provisional (II-1946) contro­lado por los co­munistas. Al Sur había dos fuerzas políticas, el partido co­mu­nista, contraria a la in­tervención esta­dounidense, y el Gobier­no provisional de Co­rea, retornado del exilio, y pre­sidi­do por Syngman Rhee, a quien EE UU puso al frente de un Con­sejo Demo­crático Representa­tivo, substituido en octubre de 1949 por una Asamblea Legisla­tiva interina, contro­lada por EE UU.
El primer intento de conseguir la unidad de Corea fue la Conferencia de Moscú (XII-1945), que decidió la crea­ción de una comisión de estudio, disuelta sin que consiguiera elaborar unas bases para la unificación. El problema de la uni­ficación fue llevado a la ONU en septiembre de 1947. Rusia pro­puso la reti­rada de las fuerzas de ocupación de EE UU y la URSS, dejando al pueblo coreano en libertad de elegir sin interferen­cias su Go­bierno, mientras EE UU fue partidaria de la celebra­ción inmedia­ta de elecciones bajo la supervisión de la ONU, triunfando esta propuesta. Las elecciones se hicieron en el Norte y en el Sur, con las respectivas victorias de Kim Il Sung, nuevo presidente de la República Democrática Popular de Corea (septiembre de 1948), y Syngman Rhee, nuevo presidente de la República de Co­rea (julio de 1948), pero la reunificación fue imposible debido a los irreconciliables sistemas políticos y económicos.
La guerra de Corea (1950-1953).
Durante los años siguientes las escaramuzas a lo largo del pa­ralelo 38 fueron constantes, hasta desembocar en 1950 en la guerra de Corea, cuando el norte invadió el sur. La interven­ción de EE UU y de las fuerzas de la ONU, y la compensatoria inva­sión china, restablecieron la situa­ción anterior. El largo con­flicto (junio de 1950-julio de 1953) tuvo efec­tos de­sastro­sos para el país: murieron un millón de perso­nas y resul­taron des­truidas la mayoría de las instala­cio­nes industriales y vías de comunica­ción, ahondando además la sepa­ración entre el Norte y el Sur. El armisticio de Panmunjon (1953) puso fin a la gue­rra, sancionando la división de Corea, y la Conferencia de Gi­nebra (1954), reunida para discutir la reestructuración de las penínsulas de Corea e Indochina, no llegó a ninguna conclu­sión sobre Corea.

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PROGRAMACIÓN.
TRANSFORMACIÓNES DEL EXTREMO ORIENTE DE 1886 A 1949.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
Bchillerato, 1º curso. Historia del mundo contemporáneo.
Aparta­do 2. Balance del si­glo XIX hasta 1914. La evolución de EE UU y Ja­pón. Apartado 3. La época de los grandes conflictos mundiales. La evo­lución de las relaciones internacionales en el pe­riodo de en­tregue­rras. El expansionismo japonés en Asia y ale­mán en Eu­ro­pa. La Segunda Guerra Mundial.
También podría estar en ESO, 2º ciclo.
Eje 2. So­cie­dades históricas y Cambio en el Tiempo.
Bloque 5. Cambio en el tiem­po.
Apartado 3. Cam­bio social y re­volución en la época con­tem­po­rá­nea. Revolución industrial, desarrollo capitalista e impe­ria­lismo. Las grandes transformaciones y conflictos del siglo XX. Revoluciones, guerras mundiales y descolonización.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con el tema de la Educación para la Paz y de Edu­cación Moral y Cívica.
TEMPORALIZACIÓN.
Seis sesiones de una hora.
1ª y 2ª Exposición del profesor sobre Japón, con cuestio­nes y realiza­ción de esquemas por los alumnos.
3ª y 4ª Exposición del profesor sobre China, con cuestio­nes y realiza­ción de esquemas por los alumnos.
5ª Exposición del profesor sobre Corea, de refuerzo y re­paso; cuestiones y realización de esquemas, mapas y comen­ta­rios de tex­tos.
6ª Refuerzo y re­paso por el profesor; deba­te de grupo y síntesis.
Por la falta de tiempo los alumnos deberán hacer fuera de clase algunos esquemas, mapas, comentarios de textos y amplia­ción de infor­mación.
OBJETIVOS.
Conocer los procesos históricos de Japón, China y Corea.
Analizar las semejanzas y diferencias de estos procesos.
Comprender las causas del éxito de la modernización de Ja­pón.
Comprender las causas del fracaso de la modernización de China.
Comprender el auge del nacionalismo en estos países.
Valorar la importancia de la paz y el diálogo para resol­ver los conflictos y los problemas sociales.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
Japón.
Los antecedentes de la primera mitad del s. XIX: el régi­men feudal Togukawa, la intervención extranjera.
La revolución Meiji (1868-1912): la abolición del feuda­lismo, la mo­dernización, las instituciones, las transformacio­nes económicas y sociales, la creación de un imperio.
La era Taisho (1912-1926): la intervención en la I Guerra Mundial, el aislamiento y el nacionalismo, el gobierno de los partidos.
La era Showa (1926-1989): el militarismo creciente y la “misión nacio­nal”, la agresión contra China (1931, 1937-1945), la interven­ción en la II Guerra Mun­dial (1941-1945), la ocupa­ción nor­tea­me­ricana (1945-1951), el “milagro japonés”.
China.
La crisis de la dinastía manchú (1850-1911).
La revolución (1911).
La dictadura de Yuan Chekai (1912-1916).
El periodo de los “señores de la guerra” (1916-1928).
El Kuomintang (1923-1928) y su gobierno en la China reuni­ficada (1928-1937).
La guerra chino-japonesa (1937-1945).
La guerra civil (1946-1949).
La República Popular China (1949...).
Corea.           
La crisis de la dinastía Koryo.
La ocupación japonesa (1910-1945).
La independencia y la división del país (1945-...).
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: realización de esquemas del tema.
Explicación multicau­sal de los hechos históricos: en co­mentario de textos.
Indagación e investigación: recogida y análisis de da­tos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica.
Tolerancia y solidaridad.
Desarrollar interés por otras civilizaciones.
Valorar la importancia de la paz y el diálogo para resol­ver los conflictos y los problemas sociales.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa.
MOTIVACIÓN.
Documental o fragmento de película sobre la represión japonesa en Nankín (1937).
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor de la UD.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso histó­rico de cada país.
Realización de un esquema de las reformas de la revolución Meiji.
Realización de cuatro mapas: sobre la expansión japo­nesa des­de 1872 hasta 1941, sobre su intervención en la II Gue­rra Mun­dial, sobre la evolución de China entre 1842 y 1911, sobre esta evolución entre 1911 y 1949.
Comentarios de textos sobre la revolución Meiji, la cons­titu­ción japonesa de 1889, el naciona­lismo japonés en los años 20 y 30, la guerra del opio (1840-1842), el programa de Sun Yatsen, el programa comunista de re­forma agraria...
Debate en cada equipo sobre los modelos de desarrollo de Japón y China, sobre la conveniencia del expansionismo y las ventajas de la paz y del diálogo para resolver los conflictos.
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en debe­res fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
RECURSOS.
Presentación digital (o transparencias, diapositivas y mapas).
Libros de texto, manuales.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
EVALUACIÓN.
Evaluación continua. Se hará especial hincapié en que se com­prenda la relación entre los procesos de España y europeo.
Exa­men incluido en el de otras UD, con breves cues­tiones y un comentario de texto.
RECUPERACIÓN.
Entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comenta­rio de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).

Antonio Boix Pons, en Palma de Mallorca (1998 y 2011).